La historia tiene la palabra

Todos contamos con cierto grado de ingenio: la capacidad de generar ideas e invenciones con cierta prontitud o facilidad. La diferencia con un genio es que esa procreación de ideas originales no sólo parece inagotable, sino que tampoco se restringe a un ámbito determinado. El legado de Da Vinci se extiende al mundo de la pintura, la ingeniería, la escultura, la arquitectura, la música…y en todas las áreas fue especialmente brillante que le hace merecedor del título de genio universal. No obstante, tal vez el uso de la palabra universal sea redundancia en este caso puesto que es una cualidad consustancial al genio. Lo que determina a genio es, según el especialista en pensamiento creativo Juan Prego es el paso del tiempo y de fronteras. El hecho de que, siglos después de su existencia y en sociedades radicalmente distintas, sigan sirviendo de fuente de inspiración y base para otros avances del conocimiento, es lo que les hace únicos.
Sin embargo, según Juan Prego, hay pautas que se repiten en todos ellos y que están al alcance de cualquiera que aspire a la genialidad. No es una cuestión de genética.

Rodéate de los mejores

Ninguno de los que hoy consideramos genios, como Einstein o Leonardo da Vinci, trabajaron solos. Se nutrieron de otras disciplinas sin discriminaciones, de las mentes más brillantes de alrededor, buscaban a gente que les aportase valor. “Tampoco el emprendimiento se ejerce en solitario”, advierte Prego. Hay que salir a la calle y hacerlo sin prejuicios, con voluntad de aprender de cualquiera que destaque en un área determinada. Pasar un día tras otro encerrado en la oficina o en un laboratorio favorece más la cerrazón que el aperturismo mental, imprescindible para cualquier que se jacte de innovador.

Utiliza técnicas

Según Juan Prego, Einstein, Ericcson, Leonardo da Vinci, Darwin…y la inmensa mayoría de los hoy considerados genios se valieron de técnicas que estimulasen su creatividad y el pensamiento divergente. “Puede que en aquel momento no se llamase brainstorming, pero la lluvia de ideas era muy socorrida entra ellos. También Einstein se valía de experimentos mentales que le llevaban a plantearse situaciones imaginarias que pueden parecer disparatadas. Por ejemplo, fantaseaba con perseguir haces de luz y que luego sería el germen de la Teoría de la Relatividad”, cuenta Prego quien recoge en su libro Piensa como un genio varias de estas técnicas útiles para activar la creatividad y aplicarla de forma sistemática y conducirte más allá de los límites de un laboratorio o un estudio.

Aprender de los errores

Una de las máximas para un emprendedor genial debe ser, en opinión de Prego, que no existe fracaso donde hay aprendizaje. Sólo cuando un error no reporta conocimiento es cuando se produce el fracaso. Ninguno de los que hoy tenemos por genios tuvieron un camino fácil y sin tropiezos. Lo raro sería no tenerlos. La diferencia radica en no rendirse, superarlos y probar alternativas para no repetir errores. Requisito primordial para superar estos baches y perseverar es la pasión por lo que haces.

El dinero no es el gran motivador

No está mal buscar el dinero por un trabajo bien hecho, pero si a lo que aspiras es a la genialidad, recuerda que nadie ha merecido este calificativo por el mero hecho de ser rico. “Podrán ser referentes o ejemplos a imitar para otros emprendedores, pero nunca geniales porque este grado se alcanza cuando llevas a la humanidad al siguiente paso. No hablo de ideas disruptivas que suponen un cambio de paradigma en determinados sectores, hablo de una evolución definitiva y global, que es lo que implica la genialidad”.

Valentía

Pocos genios corrieron la suerte de disfrutar en vida de reconocimientos, antes al contrario, la mayoría de ellos fueron denostados y tomados por locos. “Eso pasa siempre y es porque el statu quo del momento ve amenazado sus intereses. Prefiere que las cosas se mantengan como están”, explica Prego. Esas resistencias pueden venir no sólo de arriba, sino de cualquier lado por lo que se requiere cierta actitud de desprecio al saber convencional y a la mediocridad, una actitud que exige más valentía que genes. “Yo le diría a cualquier emprendedor que quiere pensar en grande que sospeche si nadie le dice que está loco o que lo que está haciendo es una tontería. Las mentes brillantes son las que inquietan, las que hacen sentirse incómodos a muchos”.
No obstante, la valentía para un emprendedor no se limita a resistir desaprobaciones sino que el atrevimiento ha de ser una constante en la asunción de riesgos permanentes. Esta será la mejor forma de elevar el aprendizaje, la reputación y el legado.

Fuente: Emprendedores